Desde hace varios días he querido escribir una reflexión sobre la fragilidad de la vida, inspirado por las palabras de un querido amigo que compartió una experiencia muy difícil para él y su familia. Pero no lo había hecho, simplemente porque no había tenido la oportunidad de escribir algo que valiera la pena y que estuviera a la altura de su historia.

Hoy recibí una noticia que me partió el corazón, y para lidiar un poco con el inmenso dolor que todavía siento, me puse a escribir los pensamientos que estaban en ese momento fluyendo.

Lo que escribí es muy personal, muy íntimo. Y pienso que a muchos de ustedes no les interesará leerlo: finalmente este es un blog sobre Finanzas Personales. Por ello, aunque más adelante lo comparto, antes ofrezco algunas reflexiones sobre la fragilidad de la vida y sobre cómo las finanzas personales nos ayudan a alcanzar aquello que queremos lograr.

Nadie tiene la vida comprada. Puede extinguirse en cualquier momento, aún con buena salud y con una posición de éxito.

Por eso todos tenemos la responsabilidad de vivirla bien y al máximo. Aquí quiero detenerme un poco, ya que vivir la vida al máximo no significa simplemente divertirnos, sin olvidar lo que pase mañana y evadiendo todo lo demás.

Siempre he pensado que quien vive de esta forma tiene una vida vacía: no olvidemos que tarde o temprano el destino nos alcanza, y nos cobra con intereses todo aquello que no hicimos.
Divertirse es fundamental, desde luego, pero no es lo único. Hay que llevar una vida completa, responsable, en equilibrio y en armonía entre lo que somos y lo que queremos ser.

Por eso es tan importante que conozcamos qué es lo que verdaderamente nos importa (nuestros valores) y a partir de ellos, qué es lo que realmente queremos lograr (nuestras metas y objetivos de vida).
La única forma de vivir la vida que queremos, es construir nuestro camino de tal manera que nos acerquemos, cada día más, hacia esos objetivos. Sin olvidarnos, desde luego, de reír y disfrutar en el proceso.

Las finanzas personales, como siempre he dicho, son sólo una herramienta, pero una muy importante, que nos ayuda a que nuestro camino sea mucho más fácil.

La Fragilidad de la Vida

Como mencioné antes, un querido amigo vivió recientemente una experiencia muy difícil, que le hizo darse cuenta sobre la increíble fragilidad de la vida. Moisés es un médico pediatra. Su hermano, médico también, tuvo dos hijos (cuates) con su esposa. A pesar de todos los esfuerzos, no pudieron salvar a uno de ellos. Este post también es muy personal, pero a la vez muy conmovedor y por ello vale la pena: http://medpedshospitalist.blogspot.mx/2012/04/realizing-incredible-frailty-of-life.html

La Partida de Anna

Hoy recorre mi cuerpo una tristeza infinita, cargada de incomprensión sobre lo injusto que a veces puede resultarnos la vida, y la forma tan intempestiva como puede llegarnos la muerte.

Esto no es sólo tristeza: es más un profundo dolor. Porque el vacío tan grande que invade hoy mi cuerpo no me ha dejado aún derramar una lágrima: me las ha quitado todas.

Es una gran ironía la dualidad de la vida. No puede entenderse la vida sin muerte o la dicha sin llanto. Como tampoco existiría la noche si no existiera también el día.

Hoy no tuve amanecer ni ocaso. Porque en un instante pasé de la inmensa alegría que da una nueva vida, a la tristeza más grande que se puede sentir cuando otra se extingue.

Hoy mi cuerpo vacío, sin alma, pesa mucho más que cuando está lleno de vida y esperanza.

No he llamado a mis tíos. Si yo, que estoy tan lejos, siento tanto dolor, no puedo imaginarme lo que ellos están viviendo. Quiero abrazarlos muy fuerte. Quiero compartir sus llantos. Mi corazón está tan cerca pero mi cuerpo en un continente distinto.

Pero a la vez no sé qué decirles: sólo que mi alma se ha ido para estar con ellos.

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Anna y su Alegría – La Fragilidad de la Vida

Anna siempre fue una mujer llena de vida. Era de esas personas que irradian energía, tanta que su papá le llamaba «La Hormiga Atómica».

Su sonrisa siempre estaba presente: era una chica alegre, de esas personas que parecen disfrutar cada momento y que iluminan a todos los demás con su presencia.

Pero también era inteligente y sensata. Tenía tan sólo 35 años y pasaba por un momento feliz.

La ví apenas el verano pasado, cuando viajó con toda su familia a México. Los momentos que pasé con todos ellos en la Riviera Maya fueron sin duda los mejores y más felices que había tenido en mucho tiempo.

Al volver de su viaje, poco tiempo después, nos contó que estaba embarazada. ¡Es un niño concebido en México!, nos decía. ¡Espero que no salga con cara de Maya! añadía Xavi, su esposo. Era la ilusión de Laia, la hermosa hija de Xavi a quien Anna quería como si fuese suya también.

Todo ello era motivo de felicidad. Estábamos ilusionados con la posibilidad de hacer un esfuerzo y viajar a Barcelona este verano, después de que naciera el bebito. Aún no sabíamos si sería posible, pero la esperanza seguía presente.

No puedo creer que Anna no verá realizada su ilusión de ser madre, y no puedo imaginar el dolor que sentirán Xavi y Laia al ver su familia partida. Espero que ese pequeño bebito sea el motor que les dé fuerzas para seguir su camino.

Nuevamente el dolor me inunda, ahora al pensar que Anna no podrá disfrutar su pequeña ilusión, y que él no conocerá a su mamá…

Si estoy destrozado por dentro, no puedo ni pensar lo que estarán viviendo mis tíos Taita e Isa, mi prima Nuria o mis pequeñas sobrinas. Ni siquiera puedo enviarles fuerzas, porque no tengo ninguna. Y eso me hace sentir, encima de todo, una gran deseperación.

Ahora un pensamiento invade mi mente y trae consigo una ligera brisa de tranquilidad. Anna pronto estará con mis abuelos, ahí donde ellos están y desde donde acompañan mi vida.

Y entonces, no sé de dónde, una lágrima comienza a recorrer mi mejilla y me hace sentir que todavía estoy vivo.

Me siento muy afortunado Anna de haberte conocido, de haber podido compartir un pequeño trozo de mi vida contigo.

Pero me duele tanto que te hayas ido…

Ahora lloro.