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Este post invitado me encantó por ser muy distinto a los demás, ya que se trata de una “fábula” interesante, con una buena moraleja. Está escrito por Sergio Maciel S. Licenciado en Informática. Puedes contactarlo en su correo electrónico [email protected] o bien a través de Twitter: @srgio_mx

Fábula de un Desengaño Más (Dicen que “todas son iguales”)

Llega un “desengañado” al psicólogo para pedirle su opinión, y le cuenta:

“Cuando me la presentaron, creí que era perfecta para mí. Me deslumbró con su belleza y aunque yo bien sabía que existen muchas como ella, vi en ella cualidades que la hacían única entre todas. Caí redondito en el engaño, y en ese momento no pude siquiera imaginar que llegaría casi a dejarme en la ruina. Ahora que lo pienso, no tomé el tiempo necesario para conocerla bien, pero recuerdo que para estimular mi vanidad se puso un tatuaje con mi nombre totalmente visible, y creo que demasiado pronto firmé nuestro compromiso.

Ese fue mi peor error, aunque en ese momento pensé que era la mejor decisión, pero me equivoqué. Claro, al principio me enorgullecía muchísimo que me vieran con ella, por la gran belleza y clase que se le notaban a primera vista; sentía que el sólo hecho de tenerla conmigo me ponía a otro nivel respecto a los demás, porque aunque algunos otros también tenían la suya, yo estaba seguro de que la mía era la mejor de todas, pues además, lo único que me pedía una y otra vez era mi fidelidad. Y, ¿Cómo no le iba a querer ser fiel? si ella me hacía sentir que lo podía tener todo, y hasta me llegó a decir que con el tiempo se dedicaría a llenarme de un sinfín de recompensas como agradecimiento. Pensé que así me demostraba cuánto le interesaba que yo fuera feliz, pero ahora sé que sólo estaba haciéndome creer que le importaba.

La llevaba a todos lados conmigo, estaba tan cegado por lo bien que me hacía sentir que no escatimé en pasearla por restaurantes, cines, tiendas, y hasta la llevé conmigo de vacaciones; con ella parecía todo tan sencillo que reconozco que no me detuve a pensar en las consecuencias de todo lo que con ella estaba haciendo, aunque debo decir que ella tampoco me dijo a tiempo que me detuviera, que ya era demasiado; y no tardé mucho tiempo en darme cuenta de la razón, y la realidad es que sólo quería mi dinero.

Poco después de un mes después de haber estado juntos, fue que inició el martirio; primero le comencé a dar el dinero de buen ánimo porque me parecía que era lo justo debido a los compromisos que habíamos hecho juntos, pero cada mes iba pidiendo más y sus peticiones mes con mes se fueron convirtiendo en exigencias. Traté de manejar la situación pero lo que antes era una relación ideal ahora sólo consistía en pedirle su comprensión ante sus constantes reproches. Así, pidiéndole su consideración y que dejara de exigirme hasta lo que no tenía, concedió en que cada mes le diera una cantidad mínima con la que al menos ya me molestaría tanto. Pero nuestra relación se deterioró a tal extremo que cada vez que trataba de recurrir a ella sólo recibía negativas, una y otra vez me repetía que ya no me creía, que había dejado de considerarme confiable y que eso no iba a cambiar a menos de que le volviera a cubrir todas sus expectativas como al principio. Para entonces, me deprimí y hasta me sentía avergonzado de que los demás supieran cómo ella me tenía prácticamente ahorcado, y todo por haberle creído tantas cosas buenas que prometió cuando la conocí.

Un buen día analicé la situación y dándome cuenta que no tenía por qué seguir soportándola, decidí qué hacer. Me dediqué a cumplir los compromisos que teníamos pendientes olvidándome incluso de que todavía estábamos juntos, ya no la llevaba conmigo porque no quise seguir fomentando esa relación. Cuando todo estaba por quedar finiquitado, me armé de valor y le dije que la iba a dejar. De manera extraña comenzó a pedirme que por favor no lo hiciera, que todo podía volver a ser como antes y que le diera otra oportunidad; pero mi decisión ya estaba tomada y solamente le expliqué que me había parecido demasiado demandante para mí, reconocí que me equivoqué al tomarla sin antes conocerla mejor y que nunca creí que el sólo hecho de tenerla iba a costarme tan caro. Fue así como, al final de cuentas, logré separarme de ella.”

-¿Qué opina de lo que me pasó Dr.?

El psicólogo lo mira fijamente y le dice: -Muy bien, señor “desengañado”, creo que hizo usted bien. Y de su relato he podido anotar tres conclusiones que con mucho gusto le voy a leer:

  1. En cualquier aspecto de la vida nunca es bueno actuar a puro sentimiento, hay que usar la razón.
  2. No se crea que todas son iguales, sólo se trata de buscar bien a la que, en su caso, pueda ser la más adecuada. No elija lo primero que encuentre en la calle, le agrade a la vista y le prometa todo.
  3. Por último y más importante, la próxima vez que necesite llenar vacíos sentimentales busque el afecto de una persona (familiar, amistad o pareja), No busque una ¡Tarjeta de Crédito!